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Es creado con la finalidad de recopilar, sistematizar y ordenar diferentes fuentes documentales, sobre los sitios históricos de Caracas, a través de reseñas e imágenes que colaboren al conocimiento de nuestra identidad cultural en la sociedad venezolana.

lunes, 11 de enero de 2010

Esquinas Históricas de Caracas l Parte

Esquina de la Torre

La Iglesia Catedral no tuvo torre sino alrededor de los cien años de su fundación. Anteriormente, las campanas colgaban de unos horcones de madera que servían de campanil. Cuando el obispado tuvo los recursos necesarios, decidió reconstruir toda la Iglesia con una elevada torre de tres cuerpos y un remate de columnas y pequeña bóveda. El alarife constructor fue Juan Medina, quien no escatimó su ciencia y su arte para dar toda la posible perfección a aquella afilada forma, que encaló toda de blanco.

Los terremotos hicieron grave daño a la torre, sobre todo los de 1766 y 1812. Remate, tercer cuerpo, luego el segundo, tuvieron que ser sucesivamente demolidos por el interior de la torre. Hoy luce más modesta, con sólo dos cuerpos en lugar de tres y un remate mucho más sencillo que el de Juan Medina.

Bajo la torre y con el portal de la Catedral como escenario, ocurrió aquel memorable acontecimiento que eterniza en su cuadro del 19 de abril de 1810 Juan Lovera, cuando el patriota Francisco Salias obliga al gobernador Emparan a volver a Cabildo. Sin ese gesto valeroso y decisivo de Salias, la historia de nuestra revolución independentista habría tomado muy distintos caminos.

El reloj de la torre fue puesto en su sitio, hace ciento veinte años, durante la administración del presidente Rojas Paúl. Un relojero español residente en Londres fue el encargado de fabricarlo y montarlo con todos los requerimientos de la técnica. Se halla en tan buenas condiciones, que bien puede durar varios siglos más, si sigue recibiendo el excelente mantenimiento con el que se le ha cuidado hasta ahora. Seis relojes le precedieron en la Catedral; mientras más antiguos más modestos e imperfectos.

Las campanas son más nuevas que el reloj; cuando vinieron de España en la primera década del siglo, se colocaron en los ocho arcos que ocupaban las anteriores, las cuales fueron vendidas para su fundición, excepto una que se llamaba “La Concepción”.

Esta esquina fue el punto más activo de la capital. A su alrededor se hicieron hoteles, negocios mercantiles y cafés, todos de gran fama y animación.



Esquina de las Monjas

En esta esquina de la maqueta está ahora el edificio “La Francia”. Diagonalmente se sitúa el edificio del Consejo Municipal de dilatada historia, en él se reconstruyó a partir de sus conservados restos, la Capilla de Santa Rosa de Lima. Altar de la Patria, donde el Congreso Constituyente declaró la independencia de Venezuela el 5 de julio de 1811.

El nombre de este céntrico crucero, en el ángulo suroeste de la Plaza Bolívar, proviene del Convento de Monjas Concepcionistas que se encontraba allí, calle de por medio de la casa que nos muestra la maqueta.

Este Convento que un antiguo Cronista llamó “cigarral de virtudes” fue fundado en 1636 por Doña Juana de Villela, quien con sus hijas, sobrinas y otras jóvenes había tomado el hábito de la Inmaculada Concepción.

La pequeña Iglesia del Convento y su entrada principal, estaban orientadas hacia el colegio Seminario situado donde está el actual Concejo Municipal, pero como se puede apreciar en el cuadro de Nuestra Señora de Caracas, también existió una puerta, cuya apertura daba al norte, hacia las casas que nos muestra la fotografía.

El Convento fue extinguido junto con otras instituciones religiosas por decreto del general Guzmán Blanco. En seguida fue demolido y sobre su terreno fue construido el Capitolio y el Palacio Federal.

Como las monjas se resistieron por todos los medios a los razonamientos y al poder oficial, el gobierno optó por demostrar la firmeza de su decisión. Con un despliegue policial que llamó la atención de toda la ciudadanía, fueron descerrajadas las puertas del claustro y las religiosas expulsadas poco menos que a empellones sin permitírseles llevar sus pertenencias, espectáculo que levantó muchos rumores y dudas que pesaron sobre el autoritario gobernante hasta el fin de sus días.

Cuando la abadesa María Teresa de Castro Ibarra, pariente de la esposa de Guzmán Blanco pidió licencia para que las más ancianas y enfermas de las monjas pudiesen vivir juntas como estaban acostumbradas a hacerlo, el mandatario les negó el permiso respondiendo a la supervisora: “Ustedes han servido a Dios según sus ideas, las leyes y las costumbres de su tiempo y yo sirvo al mismo Dios conforme a las ideas, leyes y costumbres del mío”

A pesar de que hace más de un siglo que desapareció el convento, el sitio quedó bautizado definitivamente como Esquina de las Monjas.



Esquina del Chorro

En tiempos del Obispo Antonio González de Acuña, propulsor del acueducto de Caracas, se determinó continuar la acequia que atravesaba la Plaza Mayor y surtía su fuente, hacia el Convento de San Jacinto. Los padres hicieron en su plazoleta una abundante pila de agua para servir a los vecinos de la zona; luego, el conducto atravesaba el convento, irrigado los jardines y hortalizas que se encontraban en su recinto, hasta que cumplido sus propósitos, desembocaba en la parte sur de la edificación, en un grueso chorro que caía de cierta altura a la calle, donde se encauzaba de nuevo en una acequia descubierta.

Esta constante caída de agua sirvió de punto de referencia y así dio el nombre a la esquina, que para siempre se llamaría Esquina del Chorro. Aunque con los años la corriente de agua fue cubierta y hecha subterránea, ya el vecindario y toda Caracas, con su sempiterno derecho a dar nombres por la voluntad popular, había bautizado definitivamente el punto, que conserva su nombre desde hace más de trescientos años.

Exactamente lo mismo que hemos descrito del Convento de San Jacinto, ocurrió con el de San Francisco, En la esquina de Principal un ramal de acueducto fue dirigido al sur; al llegar a San Francisco se fabricó una amplia fuente pública en su plazoleta, que fue por cierto en su momento, también fuente de discordias; cruzaba las huertas del establecimiento, detrás del cual desembocaba en gruesa corriente que le dio a la esquina el nombre de Chorro de San Francisco.

No duró expuesto tanto tiempo como su homónimo, por lo que al ser sumido, ya no sirvió de señal de referencia. Hoy esa esquina se llama Pajaritos.















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